Cuando hablas en público hemos de movernos. Sí. Pero el cuando y el cómo marcan la diferencia.

Cosas que no tienes qué hacer:

  • Caminar como si no hubiera un mañana, como si te persiguieran para pagar porque te olvidaste de la cartera. No hay que andar todo el rato de izquierda a derecha. No eres más profesional porque te vayas moviendo por todo el escenario y llegues a tus diez mil pasos.
  • Ir dando un pasito hacia delante y otro para atrás sin sentido. Respira.
  • Recolocarte porque estás de los nervios. Sigue respirando.
  • Quedarte quieto como un palo para no tapar la presentación. No eres un palo.

Así mil cosas. Pero centrémonos en lo positivo. ¿Qué si puedes hacer? pues moverte en relación a dos ejes:

  1. Tu audiencia, muévete porque alguien del público te llama la atención y te acercas a esa persona, aléjate cuando quieres verlos y mirarlos a todos. Pero míralos. No hagas como que miras. “Hacer como que miras te hace parecer un lunático”.
  2. Visualiza tus mensajes, piensa que distintas situaciones de lo que estás explicando ocupan un distinto espacio en el escenario. Trasládate a ese rincón cuando hables de ello. Vuelve al centro para descansar.
  3. No te tienes que mover sin decidir. Te mueves porque tú lo decides, porque quieres darle dinamismo a una anécdota, porque quieres subrayar algo. Si te mueves todo el rato es como no moverse. La atención se capta entre la quietud y el movimiento. Los cambios son los que despiertan el interés.

Se paciente. Las primeras veces que te subas en escena no vas a ser capaz de comerte el escenario. no serás capaz de mirarlos a todos, de jugar con el ritmo de tus pasos, de casi bailar en el escenario. Paso a paso. Lo importante es que esos pasos sean conscientes y que no te dejes llevar por la ansiedad o por un piloto automático de gestos incontrolados.