Cuando hablas en público hemos de movernos. Sí. Pero el cuando y el cómo marcan la diferencia.
Cosas que no tienes qué hacer:
- Caminar como si no hubiera un mañana, como si te persiguieran para pagar porque te olvidaste de la cartera. No hay que andar todo el rato de izquierda a derecha. No eres más profesional porque te vayas moviendo por todo el escenario y llegues a tus diez mil pasos.
- Ir dando un pasito hacia delante y otro para atrás sin sentido. Respira.
- Recolocarte porque estás de los nervios. Sigue respirando.
- Quedarte quieto como un palo para no tapar la presentación. No eres un palo.
Así mil cosas. Pero centrémonos en lo positivo. ¿Qué si puedes hacer? pues moverte en relación a dos ejes:
- Tu audiencia, muévete porque alguien del público te llama la atención y te acercas a esa persona, aléjate cuando quieres verlos y mirarlos a todos. Pero míralos. No hagas como que miras. “Hacer como que miras te hace parecer un lunático”.
- Visualiza tus mensajes, piensa que distintas situaciones de lo que estás explicando ocupan un distinto espacio en el escenario. Trasládate a ese rincón cuando hables de ello. Vuelve al centro para descansar.
- No te tienes que mover sin decidir. Te mueves porque tú lo decides, porque quieres darle dinamismo a una anécdota, porque quieres subrayar algo. Si te mueves todo el rato es como no moverse. La atención se capta entre la quietud y el movimiento. Los cambios son los que despiertan el interés.
Se paciente. Las primeras veces que te subas en escena no vas a ser capaz de comerte el escenario. no serás capaz de mirarlos a todos, de jugar con el ritmo de tus pasos, de casi bailar en el escenario. Paso a paso. Lo importante es que esos pasos sean conscientes y que no te dejes llevar por la ansiedad o por un piloto automático de gestos incontrolados.